viernes, 28 de agosto de 2009

Las fiestas del lenguaje y de la creación



Por: William Ospina


DURANTE MUCHO TIEMPO, DESPUÉS de la revolución de Gutenberg, los intelectuales de Occidente pensaron que la poesía era algo para leer a solas, en el diálogo silencioso del lector con el libro, “a la luz de las lámparas estudiosas”.


Pero mucho antes de la invención de la imprenta, desde la aurora de la civilización, la poesía era algo que se decía y se cantaba en público, a veces como plegaria y a veces como conjuro, y que estaba concebido para propiciar grandes ceremonias colectivas, fiestas de la convivencia y de la sensibilidad. Los festivales literarios contemporáneos cumplen ese viejo ritual de civilización.


Uno de los hechos más notables de los últimos tiempos es el auge de grandes certámenes culturales en los que participan miles de personas. Festivales de cine, bienales de arte, encuentros literarios, festivales de teatro, fiestas de la música: el mundo global tiene cada vez más en estos eventos uno de los escenarios de su diálogo y un poderoso impulso en la definición de sus culturas.


Acabo de regresar de Gijón, en España, donde cada año se realiza la Semana Negra, una jornada dedicada a la reflexión literaria y el encuentro entre autores del género policial, de fantasía, de ciencia ficción y de novela histórica, en el espacio de una bella ciudad del Cantábrico con firme arquitectura de comienzos del siglo XX, grandes parques apacibles frente al mar, y un dilatado malecón ante playas de sol ardiente y aguas heladas.


En la Semana Negra, organizada por Paco Ignacio Taibo II, el novelista y biógrafo hispano-mexicano, no sólo participaron este año más de 120 escritores de distintas nacionalidades, sino que se discutió entre sidra y vino sobre la creación, la novela y la historia, sobre el rigor de la investigación y el papel de la imaginación, y se renovó la certeza de la vitalidad creadora de la lengua española.


No es el único evento literario que se realiza en Gijón: también allí cada año se celebra el Salón del Libro Iberoamericano, que organizan el chileno Luis Sepúlveda y la poeta Carmen Yáñez. Gijón, en el principado de Asturias, tuvo en otros tiempos una importante industria siderúrgica y grandes astilleros, es tierra verde de ganados y de manzanos, que nutren la fiesta agridulce de las sidrerías, y es un activo litoral de pescadores, pero de un modo creciente su economía se ha dedicado a los servicios y especialmente al turismo.


Estos grandes encuentros literarios, que atraen a numerosos lectores y que convocan a una fiesta de la inteligencia, han contribuido a formar una imagen de ciudad cultural, fortaleciendo ese lugar del Cantábrico como destino de los viajeros, en los veranos del norte. Causa asombro ver que un sábado, a las cinco de la mañana, a lo largo de los malecones llenos de música, todavía no se han acostado los miles de personas que paseaban en fiesta desde la noche anterior; ver en la tarde, mientras los jóvenes reman o chapotean por las aguas azules, legiones de ancianos que pasean y largamente ven atardecer sobre el mar desde esos parques mecidos por la brisa. Gijón produce una indefinible sensación de felicidad.


En todo el mundo los eventos literarios dan testimonio del nivel cultural que van alcanzando las ciudades. En Quebec, en el otoño con bosques rojos de arces, al lado del inmenso río San Lorenzo, el Festival de Poesía de Trois Rivieres es uno de los mejores destinos literarios que se puedan imaginar; en el otro extremo del continente, junto a otro río inmenso, el Paraná, la ciudad de Rosario, en Argentina, reúne cada año a cantidades de poetas con sus lectores.


Hay célebres festivales en Buenos Aires y en Santiago de Chile. El Hay Festival ya no sólo se celebra en Escocia, sino que se ha multiplicado por el mundo, incluyendo en España las ciudades de Segovia y Granada. El año pasado comenzaron el gran Festival Internacional de Escritores de Buenos Aires, el Encuentro de Escritores de Quito y la Bienal de Poesía de Brasilia, que organiza el poeta Antonio Miranda, director de la Biblioteca Nacional.


Yo nunca he podido olvidar el Encuentro de Poetas del Mundo Latino, en Rumania, donde escritores rumanos, italianos, españoles, portugueses, franceses y latinoamericanos, hablando una babel de lenguas romances, viajaban varios días de Valaquia a Moldavia y de Transilvania al Valle del Danubio, dialogando sobre los cruces de caminos de la poesía, y que culminó con la asistencia a una gran ceremonia ortodoxa presidida por el patriarca de Estambul.


Colombia tiene en el Festival Internacional de Medellín el más importante festival de poesía del mundo, por la masiva participación del público; y además, entre otros, el Hay Festival de Cartagena de Indias; el cada vez más ameno y diverso Carnaval de las Artes de Barranquilla, que se celebra en vísperas del Carnaval; el consagrado Festival Internacional de Arte de Cali; el Festival de Poesía de Bogotá; el Festival de Poetas del Museo Rayo de Roldanillo, que organiza Águeda Pizarro, y dos festivales más recientes, el Encuentro Ibagué en Flor y el Festival Internacional de Poesía, que organizan en Pereira Giovanny Gómez y un entusiasta grupo de jóvenes.


Pero mientras los grandes festivales consagrados tienen, en lo fundamental, el reconocimiento de los públicos y de las instituciones, eventos como los de Ibagué y Pereira todavía no cuentan con el apoyo decidido de sus ciudades y de la empresa privada. Su esfuerzo es muy importante. En un país donde los jóvenes sólo encuentran abiertas las puertas de la violencia y del delito, que haya grupos entusiastas de jóvenes empeñados en la labor civilizadora de estimular la lectura y de proponer la literatura y el arte como un camino para destacar a sus ciudades en el mapa cultural del mundo, es algo que merece todos los estímulos.


Las administraciones, las empresas y la comunidad deben saber que los recursos que se destinen a estos eventos, antes que un gasto, son la mejor inversión, no sólo en la imagen de las ciudades, que es algo que a veces se tiene en cuenta, sino en convivencia, transformación de la sensibilidad y construcción de una ciudadanía cada vez más orgullosa de su región y de sus costumbres.


Ojalá Ibagué en Flor y el Festival Internacional de Poesía de Pereira sigan creciendo y avanzando, para bien de la comunidad.

  • William Ospina

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